Cuando la vida nos pone a prueba

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Enfermedad repentina

Generalmente vamos gastando los días sin pena ni gloria. Pasan tan lentamente que no pasam, aunque cuando queremos darnos cuenta ya hemos consumido un trozo grande de la tarta que nos toca, y como digo se nos pasa casi sin darnos cuenta. Nos pasamos el día canturreando para nuestros adentros, planificando nimiedades, sin pararnos a pensar, sin emocionarnos.
De repente, sin saber porqué, sin haberlo planificado ni sin tan siquiera verlo venir, un acontecimiento irrumpe en la vida, y lo que antes era monótono, casi deslizándose por la sonnolencia, se vuelve imperioso y excitante. De pronto parece que nuestros sentidos nos informa de otro mundo diferente, lleno de sensaciones y aromas.
Como por arte de magia todo aquello que daba sentido a nuestra personalidad y existencia pasa a un segundo plano; incluso nos preguntamos como habíamos perdido tanto tiempo en cosas tan mezquinas. Ahora sentimos en el pecho la opresión de la excitación, nuestro pulso se desboca y arrojamos lejos el lastre de lo egoista.
El mirar con nuevos ojos nos proporciona potencialidad para afrontar los nuevos retos. Comprendemos como es realmente el ser humano, nos desborda la generosidad.

Parado desesperado

Cuando se ve que se puede perder el trabajo y tener que replantearse la vida, o uno se encuentra en la fase de dar un gran paso a la maduración de la personalidad, o se tiene una desgracia de cualquier tipo, es el momento de aferrarse a lo verdaderamente importante y aprovechar para crecer en humanidad.

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