El tiempo de encalar la casa

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A finales de primavera llegaba el tiempo de adecentar las casas. Cuando ya dejaba de llover, mi madre me mandaba a la carbonería de Fabio Rufino a comprar dos o tres kilos de cal viva.
El carbonero me daba unas piedras blancas que te manchaban de blanco si las tocabas. Que curioso me resultaba que en el mismo sitio que vendían el carbón y el picón, y que te manchaban de negro, sirviera también para venderte la cal viva. Blanco y negro. Lo uno y lo contrario.
Me hacía gracia ver al carbonero que iba vestido con ropas de mahón negras y con una boina también negra, ponerse a escoger entre las piedras blancas y pesarlas en una balanza romana.

Luego iba a la droguería de la calle Mesón y compraba unos paquetes de colorante para echárselo a la cal, un pincel redondo y un brochete o escobilla también redondo. Completaba la compra con una lata de kilo de pintura marrón oscuro al aceite y una brocha plana. Esta pintura, que era feísima de color, la utilizábamos luego para hacer luego un zócalo de unos 15 cm para que la cal no se fuese yendo cuando se limpiaba el suelo.
Luego, cuando ya estaba todo en casa, venía el ritual más importante, apagar la cal.
Cogíamos un par de cubos de zinc y los subíamos a la azotea,echábamos la mitad de los trozos de cal en cada cubo y luego, con mucho cuidado, le echábamos agua a cada cubo, hasta la mitad aproximadamente.
Esto para un chaval como yo era como un ritual mágico, primero por el miedo que me daba ver como salían borbotones blancos, como si fueran de lava, expulsando humo y un olor muy fuerte. Además el cubo  empezaba a calentarse y cogía una temperatura enorme. Había que tener mucho cuidado con las salpicaduras, ya que si te caía alguna, podían hacerte una grave quemadura  o quedarte ciego.
Si todo iba bien, al cabo de 20 o 30 minutos, las piedras se convertían en una pasta de un color blanco intenso.

Al otro día recogíamos los muebles, o los tapábamos con sabanas viejas, con el deshollinador se quitaba el polvo acumulado y alguna que otra telaraña que le gustaba vivir entre la pared y el techo.
Luego tocaba eliminar las partes fofas de las manos de cal anteriores y quitábamos todas las calichas. El suelo se ponía hecho una porquería.
Con todo preparado, traíamos los cubos con la cal apagada y le íbamos añadiendo más agua hasta que se obtenía la textura adecuada ( si se hacía muy espesa luego se desprendía y se desconchaba enseguida, y si se hacía muy clara no pintaba nada). Cuando teníamos un cubo lleno preparado, le echábamos el colorante (porqué solo vendían esos colores tan feos, celeste chillón, verde apagado o el calamocha para las cocinas (la marca era SAKA)).
Ya solo faltaba ir metiendo el pincel en el cubo y darle varias manos a la pared. Para las esquinas se cogía la escobilla o la brocha redonda y se ataba a un palo para alcanzar bien a todos los rincones.
Entre mano y mano se tenía que esperar un día.

Otra gente lo blanqueaba solo con cal y le echaban añil para que estuviese más blanca. También otra gente le hacía un zócalo de pintura de aceite por la parte alta, junto a las vigas (no había techo de escayola) y del mismo color que se pintaban los ladrillos del entrevigado y en el suelo el zócalo era marrón. En el pasillo el zócalo llegaba hasta el metro o metro veinte.

1 Comentario

  1. Qué bien descrito todo el ritual que se seguia para pintar las casas, corredores, escaleras, entre todos los vecinos de la planta; se empezaba por recoger el dinero entre todas la vecinas para los gastos.

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